Su nombre era Miguel, tenía diez años. Miguel no recordaba a sus padres. Todo lo que sabía era que cuando tenía alrededor de dos años, un viejo indigente llamado Don Santiago, que vivía debajo de un puente ferroviario en Ciudad de México, lo encontró flotando dentro de una tina de plástico cerca de un canal de agua sucia después de una tormenta.
El niño no podía caminar ni hablar — solo lloraba hasta quedarse sin voz. Alrededor del cuello llevaba un hilo rojo deshilachado, y dentro de la tina había un pedazo de papel arrugado que decía:
“Por favor, alguien bueno — cuide de este niño. Se llama Miguel.”
Don Santiago no tenía más que una cobija vieja y las piernas cansadas, pero aun así lo llevó consigo — si es que se podía llamar hogar a un pedazo de lona y cartones bajo el puente. Lo alimentó con pedazos de pan duro y tacos viejos que encontraba en los basureros.
La vida era dura, pero siempre le decía al niño:
“Hijo… si algún día encuentras a tu madre, perdónala. Ninguna madre abandona a su hijo sin dolor.”
ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT