Miguel creció entre los pilares de la autopista y las estaciones de autobuses. No tenía idea de cómo lucía su madre. Pero una vez, Don Santiago le contó:
“Esa nota olía a jazmín… y tenía un mechón de cabello negro amarrado en una esquina. Era joven, demasiado joven para ser madre.”
La tos de Don Santiago empeoró. No tenían dinero para medicinas. Desesperado y con hambre, Miguel caminó más lejos de lo normal, con la esperanza de encontrar un milagro.
Cerca de una enorme hacienda en Polanco, escuchó a unas personas hablar con emoción:
“¡La boda del año! — dijo una mujer — hay comida suficiente para alimentar a un ejército.”
El hambre lo empujó hacia las grandes puertas de hierro. Sus ojos se abrieron de par en par al ver las luces brillantes, las decoraciones doradas y las mesas repletas de manjares.
Una cocinera lo vio y, conmovida, le susurró:
“Toma, niño.” — y le pasó un pequeño recipiente con arroz con mole y pollo todavía humeante. — “Come allá atrás, junto a las flores. Que nadie te vea.”
Miguel asintió y se escondió detrás de una maceta, cerca del escenario, mientras observaba el festín con la mirada fija.
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