Lentamente, abrazando la caja con sus cosas y sujetando con fuerza la mano de su hija, Elena empezó a bajar por la destartalada escalera hacia lo desconocido. Al salir del portal, Elena se detuvo un instante, sin saber qué dirección tomar. La lluvia arreciaba, convirtiéndose en un aguananieve punzante. El viento de noviembre le alborotaba el pelo sin piedad y se colaba bajo su chaqueta fina. Había olvidado el gorro, pero volver era imposible. Sería como admitir la derrota. La pesada caja le cansaba los brazos y Lucía, con la mano libre metida en el bolsillo de su abrigo, intentaba no llorar.

Mamá, ¿y si volvemos a casa? Le diré a papá que me portaré muy bien y que ayudaré a la abuela. Hasta me comeré la sopa. De verdad. La voz de la niña temblaba de frío y de pena. Elena dejó la caja en un banco junto al portal y se agachó frente a su hija, mirándola a los ojos. La cara de Lucía estaba mojada por la lluvia y las lágrimas. Su naricilla respingona estaba roja y de debajo del gorro de lana asomaban mechones rebeldes de pelo castaño.

Mi vida no es por tu culpa. Tú no has hecho nada malo. Es que a veces los mayores no pueden vivir juntos, pero tú y yo siempre estaremos juntas, te lo prometo. Y ahora tenemos que llegar a casa de la tía Isabel. ¿Recuerdas que fuimos a su cumpleaños en verano? Tenía un gatito muy gracioso que se llamaba Kiko. Lucía sonrió débilmente al recordar al gatito pelirrojo que perseguía divertido un trozo de papel. Esa sonrisa le dio fuerzas a Elena.

Se levantó, cogió la caja y caminó con decisión hacia la parada del autobús. Los patios interiores estaban mal iluminados. Las farolas funcionaban de forma intermitente, tiñiendo los charcos de un amarillo morte. Desde una ventana entreabierta de un primer piso llegaba la voz de una cantante famosa. Vivir así es morir de amor. Elena sonrió con amargura, pensando en lo acertada que era la canción para su situación. El barrio era antiguo, construido en los años 70. Bloques de cinco pisos, chopos, parques infantiles con columpios torcidos y carruseles oxidados.

20 años atrás, aquí bullía la vida. Había una fábrica donde trabajaba la mayoría de los vecinos, un cine en España donde los fines de semana ponían estrenos, un centro cultural con talleres para niños y adultos. Ahora la fábrica había cerrado. El cine se había convertido en una tienda de electrodomésticos y el centro cultural albergaba otro supermercado de una gran cadena. “Mamá, tengo frío”, se quejó Lucía. Apretándose más contra su madre, Elena se detuvo, dejó la caja en el suelo y sacó de ella un anorac más grueso para la niña.

La ayudó a cambiarse allí mismo en la calle, intentando no mojar la ropa. En su bolso encontró unas manoplas viejas que no eran de su talla, pero no estaba en situación de elegir. “Aguanta un poco, pequeña. Enseguida subiremos al autobús y allí hará calor. Y luego llegaremos a casa de la tía Isabel. Nos dará un chocolate caliente con bizcochos.” El chocolate caliente era la debilidad de Lucía. Le gustaba tanto que podía comerse la tableta entera si no la vigilaban.

Elena recordó como en la casa de campo de su suegra recogían moras y luego hacían mermelada. Eso fue hace 3 años. La señora Pilar todavía la trataba con normalidad. Entonces, le enseñaba a hacer conservas, le explicaba cómo debía ser una buena ama de casa. Una mujer hija debe saber cuidar de su marido, de sus hijos y de su despensa. La parcela era el orgullo de su suegra. Allí cultivaba de todo, desde patatas hasta uvas. Huertos separados por caminos de ladrillo, una casita coqueta con porche, una pequeña piscina que Carlos había construido con sus propias manos.

Los fines de semana solían ir allí toda la familia. Carlos se ocupaba de las tareas de hombres. Elena ayudaba a su suegra en el huerto y Lucía, que entonces era muy pequeña, perseguía mariposas y comía grosellas directamente del arbusto. Por las noches tomaban infusiones en el porche, escuchaban una vieja radio y miraban las estrellas. El recuerdo fue interrumpido por el claxon de un coche. Elena se sobresaltó y agarró con más fuerza la mano de Lucía. Ya casi habían llegado a la parada del autobús.

La marquesina de cristal estaba cubierta de grafitis y anuncios. Compro oro, vidente María. Soluciono todos sus problemas. Se necesita personal de limpieza. Alquilo habitación a mujer sola sin malos hábitos. Este último anuncio llamó la atención de Elena. Arrancó el papelito y se lo guardó en el bolsillo. Nunca se sabe. Dentro de la marquesina, una anciana con un abrigo gastado y un gorro de lana estaba sentada abrazando un bolso. Al ver a Elena con la niña y la caja, se hizo a un lado para dejarle sitio en el banco.

Sentaos, guapas. Con una cría no se puede estar pasando frío. La anciana hablaba con un marcado acento del sur. Elena asintió agradecida y se sentó dejando la caja a sus pies. Lucía se acurrucó enseguida contra su madre para calentarse. La anciana las observaba con interés, pero no hizo preguntas, cosa que Elena agradeció enormemente. ¿Esperáis el último autobús? El que va al centro ya no pasa estas horas, solo queda el circular. dijo finalmente la anciana sacando un bocadillo envuelto en papel de periódico.

Elena se quedó helada. No había pensado en los horarios. Claro, a esas horas ya no había líneas directas al barrio donde vivía Isabel y con el circular no llegaría. Y para llegar al barrio de la Alameda, preguntó Elena con un hilo de esperanza. La anciana negó con la cabeza. A la Alameda solo con transbordo en el centro y la estación central ya ha cerrado. ¿No lo sabíais? Es que ha surgido un imprevisto. Elena no supo qué responder.