Ese día en particular, el hambre era un dolor físico, un calambre constante en el estómago. Llevaba dos días sin comer nada sólido, solo agua de los bebederos públicos. Caminaba por la calle 42, mis tenis rotos dejando entrar el aguanieve. Me sentía débil. Mi cerebro, usualmente rápido y agudo, se sentía lento, como una computadora con demasiadas pestañas abiertas. Necesitaba “combustible”.
Capítulo 2: La torre de cristal
Levanté la vista y ahí estaba: el Edificio Chrysler. Una joya Art Déco brillando bajo el sol pálido de invierno. Para los turistas es un monumento; para mí, era una oportunidad. Había escuchado el rumor entre los vagabundos veteranos: los pisos ejecutivos tiran banquetes enteros. Comida de verdad. Sushi, filetes, pasteles que apenas tocan.
La seguridad en esos edificios es brutal, cámaras, guardias, sensores. Pero la seguridad tiene un defecto: el factor humano. Nadie sospecha de una niña pequeña. Esperé en el callejón de carga, temblando, hasta que vi salir un camión de lavandería. Los guardias estaban distraídos bromeando con el conductor. En ese microsegundo de distracción, me deslicé detrás de unos contenedores y entré.
El calor del interior me golpeó como un abrazo. Olía a limpio. Me moví rápido, pegada a las paredes, subiendo por las escaleras de servicio. Mis piernas ardían, el hambre me mareaba, pero la promesa de comida me empujaba hacia arriba. Piso 20… Piso 40… Piso 60.
Llegué a un piso alto, no sé cuál, pero el silencio era diferente. La alfombra era tan gruesa que mis pasos no hacían ruido. Buscaba una sala de descanso, una cocina, cualquier cosa. Pero entonces escuché las voces. Venían de una oficina al final del pasillo. Eran voces cargadas de pánico.
—¡Es imposible! —gritaba alguien—. ¡El firewall nos está rebotando! —¡Inténtalo otra vez! ¡Tenemos veinte minutos!
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