La curiosidad pudo más que el hambre. Me acerqué. La puerta estaba entreabierta. Me asomé con cuidado. Era una oficina que gritaba “dinero”. Muebles de caoba, vistas panorámicas de la ciudad. Seis hombres en trajes que costaban más de lo que yo gastaría en toda mi vida estaban agrupados alrededor de una caja fuerte monstruosa empotrada en la pared. No era una caja fuerte normal; era una fortaleza digital.
Reconocí el modelo al instante por los esquemas que había estudiado en una revista de seguridad “hakeada”: una Titanium-X 9000. Biometría, reconocimiento de voz y encriptación cuántica rotativa. Una bestia. Y esos hombres estaban intentando abrirla a martillazos digitales.
—¡Maldita sea! —El hombre que parecía el jefe golpeó la pared. Era alto, de tez morena, rasgos árabes y una barba perfectamente recortada. Fared Alzahara. Lo había visto en las portadas de los periódicos tirados en el metro. Multimillonario, petrolero, dueño de medio Manhattan—. ¡Si no saco esos contratos ahora, la fusión se cancela! ¡Perderé mil millones!
—Señor, el sistema de bloqueo temporal… —balbuceó un técnico sudoroso. —¡No me den excusas! —bramó Fared.
Estaba viendo un desastre en cámara lenta. Estaban cometiendo un error de novatos. La Titanium-X no se bloquea por intentos fallidos de contraseña, se bloquea por desincronización de latencia. Estaban intentando ingresar el código demasiado rápido, sin dejar que el servidor de seguridad en Suiza hiciera el “handshake” o saludo de verificación.
Mi estómago rugió. Fue un sonido fuerte, casi grotesco en ese ambiente estéril. Todos se giraron. Me vieron. Una niña pequeña, latina, con ropa de tres tallas más grande y cara de no haber dormido en una semana.
—¿Seguridad? —preguntó Fared, confundido—. ¿Cómo entró esta niña aquí? Los técnicos se quedaron mudos. Yo di un paso adelante. No tenía miedo. Cuando has dormido bajo un puente con ratas, un millonario enojado no te asusta. —Tienen un error de latencia —dije. Mi voz sonó clara en la habitación.
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