El descubrimiento de una garrapata estrella solitaria rara vez es un asunto tranquilo. Para la mayoría, comienza con un instante de gélida constatación: una pequeña mancha oscura en la piel que no debería estar ahí. En ese instante, la mente repasa una lista de horrores biológicos. Cuando vi una por primera vez, me temblaban tanto las manos que tuve que respirar con fuerza para calmarlas. Armado únicamente con unas pinzas de punta fina y una descarga de adrenalina, realicé la delicada operación de extracción. El objetivo es simple pero crucial: extraer la garrapata con una presión constante y uniforme para asegurar que las piezas bucales no queden incrustadas, convirtiendo una simple picadura en una infección localizada.
Una vez que el intruso salió, comenzó el verdadero trabajo. Lavé la zona con antiséptico, sintiendo cada escozor del jabón como un recordatorio de la vulnerabilidad del cuerpo humano. Guardé la garrapata en una bolsa de plástico —una pequeña evidencia atrapada del encuentro— y registré meticulosamente la fecha, la hora y la ubicación exacta en mi cuerpo donde se había adherido. Esa noche, dormir fue un lujo lejano. Cada picazón fantasma se sentía como una nueva infección, y cada punzada muscular como el inicio de un desastre sistémico.
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