Presioné “grabar” antes de respirar.
Rodrigo golpeó el vidrio otra vez.
—¡Ábreme, Mariana! —gritó—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Esa también es mi casa!
Su cara ya no tenía la sonrisa de la foto en Cancún. Estaba desencajado, como un niño al que le quitaron un juguete que nunca fue suyo.
Llamé al 911.
Cuando llegaron los policías, él intentó hacerse la víctima.
—Solo quería recoger mis cosas —dijo, escondiendo la llave de cruz detrás de la pierna.
Yo mostré el video.
Se lo llevaron por allanamiento y daños en grado de tentativa. No pasó semanas en la cárcel, pero bastó para que la historia dejara de ser chisme y se volviera expediente.
Después vino lo que su familia nunca imaginó: el juicio.
Mi abogada, la licenciada Robles, llegó al juzgado familiar con una carpeta gruesa como Biblia. Ahí estaban los mensajes, las transferencias, las capturas, el video del patio y los comprobantes de que la casa era mía desde antes del matrimonio.
Rodrigo llegó con Valeria, pero no se sentaron juntos. Ella venía pálida, sin maquillaje, con los ojos hinchados. Doña Lupita iba detrás, rezando bajito con un rosario en la mano, como si Dios fuera contador público.
El abogado de Rodrigo intentó decir que él estaba “emocionalmente confundido”.
La jueza no cambió la cara.
—¿Confundido durante ocho meses? —preguntó.
La licenciada Robles leyó en voz alta el mensaje donde Rodrigo escribía:
“Cuando Mariana se entere, diré que me tenía controlado. Mi mamá se encarga de hacerla quedar como loca.”
Doña Lupita bajó la cabeza.
Valeria empezó a llorar.
Pero el golpe final no vino de mí. Vino de ella.
—Yo no sabía que la casa era de Mariana —dijo Valeria, temblando—. Rodrigo me dijo que al divorciarse se quedaría con la mitad y que nos iríamos a Querétaro a empezar de nuevo. También me pidió dinero prestado.
Rodrigo se puso rojo.
—¡Cállate!
PARTE 4
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