«Dejó al bebé y desapareció… El pobre Héctor tendrá que arreglárselas solo, entonces…»
No tuvo tiempo de terminar cuando se oyó el crujido de una puerta. Unos pasos familiares resonaron. Me giré: mi marido entró arrastrando la maleta, sorprendido de verme allí.
«¿Tú… qué haces aquí?», balbuceó, y su expresión cambió al ver al bebé en brazos de su madre.
Me levanté de un salto, con los ojos llameando:
«¿Tu supuesto “viaje de negocios a Monterrey”… fue solo una mentira para ocultar que estabas aquí cuidando a tu hijo ilegítimo?»
El ambiente se volvió sofocante. Mi suegra abrazaba al bebé, mi suegro se quedó paralizado en la puerta y mi marido empezó a sudar profusamente.
Di un paso al frente, casi gritando:
«¡Dilo! ¡Este niño es tuyo, ¿verdad?!»
Permaneció en silencio un largo rato, y finalmente asintió.
Se me partió el corazón. Todo mi amor, mi confianza, mis sacrificios… reducidos a polvo.
Solté una risa amarga y sarcástica:
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