ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

El niño delgado abrazaba con fuerza el balón roto, mientras las burlas resonaban por todo el campo. Nadie sabía que, con solo un toque al balón después, todas las miradas quedarían paralizadas — y todo comenzaría desde ese instante…

Cuando el balón se desinflaba, lo remendaba con hilo de pescar.
Una vez, cuando llovía y el camino estaba resbaladizo, se cayó y se raspó las rodillas; la sangre se mezcló con la lluvia — pero se levantó y siguió chutando.

Los adultos del pueblo solían reírse:
—“¿Ese niño cree que va a ser futbolista?”
Pero el niño nunca respondió con una sonrisa.

Solo apretaba el balón entre sus manos y miraba a lo lejos, hacia el horizonte, donde el sol se ocultaba detrás del mar, con una luz brillante como una promesa del futuro.

Una tarde, mientras Ronaldo recogía los balones para el equipo de su padre, el entrenador lo vio.
En cada paso de ese niño, percibió algo diferente — algo que no se podía aprender, solo nacer con ello en el corazón.

—“Oye, chico, prueba a chutar”, dijo el entrenador.

El niño se mostró un poco confundido; sus ojos oscuros brillaban con determinación.
Ronaldo colocó el balón en el suelo, respiró profundamente y chutó — un disparo tan fuerte y preciso que todo el campo quedó en silencio.

El balón tocó la roja, y el viento pareció detenerse.

El entrenador solo le molesta. Sabía que ese niño algún día dejaría aquel lugar para correr sobre campos más grandes.

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

Leave a Comment