—¿Quién demonios está en mi casa? —gritó.
Me recosté en la silla.
Los papeles seguían secándose a mi lado.
—Son los representantes del nuevo propietario —dije con calma—.
No deberías hacerlos esperar.
Silencio.
Luego, pánico.
—¡No puedes hacer esto! —¡Esa es mi casa! —dijo.
Casi sonreí.
—Mi casa —repetí—. Qué palabra más curiosa.
Entonces le dije la verdad.
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